Margaret Mead en 1935 se cogío su cabeza y sus ojos y su boli y se fué a recorrer mundo y ver qué pasaba por allí...estuvo con tres sociedades, los Arapesh, los Mundugumor y los Tchambuli y contó cosas tan atrevidas para los occidentales de aquella época como que los Tchambuli hombres gastaban su tiempo en acicalarse y arreglarse, mientras que las mujeres trabajaban y eran prácticas.
Con todo esto y mucho más escribió un libro de antropología que se llama "Sexo y temperamento" que intenta exponer que la idea esta de que hay cosas que con "naturales" de las mujeres y otras "naturales" de los hombres era quizás un poco un invento para seguir manteniendo ese sistema binario y contrapuesto (hombre fuerte/mujer débil, hombre inteligente/mujer menos, mujer sensible/hombre duro).
En su investigación se encontró con curiosos casos de creencias como estas:
-Los mundugamur de Nueva Guinea consideran que los niños que nacen con el cordón umbilical alrededor del cuello son artistas innatos e indiscutidos.
-Una tribu filipina piensa que ningún hombre puede guardar un secreto
Al ver cómo cada tribu, cada sociedad, tiene sus creencias totalmente arraigadas, cuando en realidad estas creencias parecen absurdas a ojos extraños o incluso dan la sensación de ser fruto del azar o de la libre asociación de cosas que no tienen nada que ver la una con la otra, pensó que quizás podía pasar lo mismo con los roles asignados al hombre y a la mujer.
Siguió investigando y encontró que no todas las sociedades piensan lo mismo de lo que cada uno de los sexos es por naturaleza. Mientras que en los EE.UU que ella dejaba se consideraba que la mujer, por su condición biológica de madre se debía ocupar de los niños y de la casa ya que era menos capaz que el hombre para el trabajo, y que éste sin embargo es más fuerte física y mentalmente, en otras partes del mundo, las cosas no eran así:
-Los toda consideran que la mayor parte del trabajo doméstico es demasiado sagrado para las mujeres.
-Los arapesh consideran que las cabezas de las mujeres son más fuertes que las de los hombres.
-Los manus piensan que sólo los hombres gozan jugando con los bebés.
No había que ser muy lista para darse cuenta de que eran unas creencias un tanto arbitrarias e inconsistentes, para lo que sí que había que ser lista en esa época (y Mead lo fué), es para darse cuenta de que eran tan inconsistentes y arbitrarias como las diferencias que los occidentales veían entre los hombres y las mujeres. Y que por tanto los hombres y las mujeres no son por naturaleza nada en particular, sino que es más bien la cultura la que se encarga de marcar esas diferencias y luego señalarlas como naturales.
Pues esto que hoy algunos (otros no) tenemos tan claro, no lo tenían nada claro cuando Mead vivía. Fué una mujer atrevida para su época: feminista, bisexual y practicante del sexo libre! Y lo mejor de todo es que no era la única.